Un atardecer en la Toscana. El derrumbamiento de Europa trazado con brocha gorda

Cuando la revista Variety afirma en su crítica de Un atardecer en la Toscana que Jacek Borcuch (el director y guionista) podría llegar a ser tan importante como su compatriota polaco Pawel Pawlikowski (Cold War), una servidora toma nota y se apresura a acudir al cine para no perder la oportunidad de ver el film. ¡Vaya desilusión!

La película no es mala, desde luego que no, pero peca de querer decir “cosas importantes” sobre el pasado, presente y futuro de Europa, los prejuicios, los refugiados y la libertad y no logra, en mi opinión, sus pretensiones, porque proliferan los trazos hechos con brocha gorda y escasean las pinceladas finas.

Resultado de imagen de cartel Un atardecer en La ToscanaMaría Linde (Krystyna Janda, Premio Especial del Jurado en Sundance 2019) es una polaca que vive desde hace años en Volterra, un pueblo de no más de 12.000 habitantes ubicado en la Toscana. Se casó con un italiano Anonio (Antonio Catania), tuvo una hija Anna (Kasia Smutniak) que le ha dado una nieta y un nieto y mantiene una relación sentimental con Nazeer (Lorenzo de Moor), un inmigrante egipcio establecido en la comunidad que regenta un bar-restaurante. María es escritura -poetisa- y ganadora del Premio Nobel. Las autoridades locales quieren honrar a su vecina ilustre. Después de que un atentado terrorista deja un reguero de sangre en Roma, incitando a una parte de la población local a manifestaciones racistas, María rechaza públicamente el reconocimiento de Volterra con un discurso que ahondará aún más las divisiones entre los habitantes y dejará su propia vida en el limbo.

En definitiva, es que yo no me lo creo. Que una escritora polaca haya recalado en un pueblo de la Toscana y creado su familia allí, ¿porqué no? Es una bella y acogedora región y los italianos son encantadores. ¿Pero quién es realmente María? No sabemos hasta el momento del inoportuno discurso de que es judía y que sus padres eran supervivientes del Holocausto. Nos gustaría saber qué es lo que piensa de ella su marido Antonio, que es retratado en la película como un buenazo, tolerante de las extravagancias ideológicas de su mujer y de su affaire con Nazeer. Aunque en ningún momento es patente que él conozca la realidad de la relación de María con Nazeer, son varias las escenas donde vemos a María y Nazeer juntos, en público, y en los pueblos todo se sabe. No estamos seguros de cómo Anna percibe a su madre. Ella sí parece ser consciente de los riesgos que corre su madre pero tampoco se manifiesta claramente. El único personaje de la película que es totalmente convincente es Lodovici (Vincent Riotta), el comisario local, un reaccionario y feroz racista, características que intenta enmascarar debido a su cargo público. Por un lado teme y odia el pensamiento y estilo de vida de María y lo que ella representa. Por otro lado la adula y siente atracción hacía ella, María mujer.

Jacek Borcuch no es un recién llegado al cine. Y hasta Pawel Pawlikowski le ha apoyado en esta ocasión (leyó una primera versión del guión). Borcuch ha dicho en una entrevista para Cineuropa que él “quería que [María] fuese una metáfora de una Europa que se derrumba poco a poco”. Una intención loable desde luego, pero finalmente la que se derrumba poco a poco es la película cuyos múltiples frentes están cogidas con pinzas. La metáfora que funciona pero que es realmente transparente y no requiere ninguna reflexión, es la de la jaula instalada en la plaza del pueblo (una instalación “artística” con referencias al poeta estadounidense Ezra Pound, un ferviente fascista y admirador de Mussolini), una jaula que cerrará la película en su última escena, en un larguísimo y aburridísimo plano final. Ni Frank Sinitra con su canción “It was a very good year” puede salvar lo agrio que es esta Dolce Fine Giornata (dulce final del día).

Un atardecer en la Toscana llegó a las pantallas de España el pasado 21 de junio de 2019.

Diana Shoffstall

Elisa y Marcela. Isabel Coixet hace un flaco favor a la memoria de dos valientes y trágicas mujeres

La penúltima película de Isabel Coixet de 2017, The Bookshop, fue galardonada con tres Goya: mejor película, mejor dirección y mejor guión adaptado. Y otros títulos de su amplia filmografía han sido recibidos con aplausos del público y reconocimientos de la crítica y los certámenes (Cosas que nunca te dije, Mi vida sin mi, La vida secreta de las palabrasNadie quiere la noche, …). Sin embargo, esta Elisa y Marcela, la última película de Coixet, es una pobre muestra de su calidad como cineasta.

Resultado de imagen de netflix elisa y marcelaFilmada en blanco y negro (quizás para estar en consonancia con la época cuando las fotografías aún estaban en blanco y negro y era costumbre que los novios se vistieran de negro para la foto de las nupcias), Coixet parte de un hecho histórico: el matrimonio entre dos mujeres que tuvo lugar en Galicia en el año 1901 (si bien una de las mujeres se hacía pasar por hombre), el descubrimiento de su engaño, el rechazo de la sociedad y su persecución y encarcelamiento por las autoridades y su puesta en libertad en Portugal. Si bien la prensa española de la época vendió muchos ejemplares pregonando la noticia escandalosa bajo el título “matrimonio sin hombre”, es cierto que la historia real de Elisa Sánchez Loriga y de Marcela Gracia Ibeas, que se conocieron cuando se preparaban para ser maestras en A Coruña, está llena de lagunas. Es el investigador y profesor de la Universidade da Coruña, Narciso de Gabriel, quien seguramente más sabe sobre Elisa y Marcela. Hace unos años escribió el libro Elisa y Marcela: más allá de los hombres. Coixet quedó prendada de la historia. De hecho, Coixet escribe el prólogo a la más reciente actualización del libro de Narcisco de Gabriel, Elisa y Marcela: amigas y amantes y Narciso de Gabriel colaboró con Coixet en la escritura del guión.

Resultado de imagen de foto elisa y marcelaSea como fuere la historia real, Coixet ha utilizado a Elisa y Marcela para llamar la atención sobre el matrimonio homosexual que hoy en día es ilegal, cuando no activamente perseguido, en demasiados países del mundo. Los datos nos son proporcionados al término de la película cuando también podemos conocer a Elisa y Marcela en la foto entrañable de su boda, seguido de un sinfín de otras fotos de parejas de mujeres que no aportan nada en mi opinión.

Pero aparte de este evidente afán social o sociológico de Coixot o de sus pretensiones más allá de su profesión de cineasta, Elsa y Marcela carece de una buena narrativa, sembrando confusión y dudas desde el principio hasta el final. Coixet se recrea en las fantasías y juegos sexuales de Elsa y Marcela pero descuida su entorno y los personajes que lo pueblan. Los padres de Marcela desaparecen de la historia sin más, no conocemos ningún pariente de Elisa, sus vecinos son fantasmales y estereotipos. Coixet deja a Elsa y a Marcela en un vacío y no es suficiente. Huyen a Portugal donde finalmente están encarcelados y Marcela da a luz a una hija (de un “matrimonio sin hombre”; bueno, había un hombre pero Coixet deja al espectador imaginar cómo, cuándo y porqué ha habido concepción) y son salvados por las autoridades de Portugal que desprecian a España (¿en serio?). Tanta bondad y generosidad de los portugueses y especialmente del alcaide y de su mujer, que casualmente es la enfermera en la cárcel que asistió al parto de la pequeña Ana, no es creíble (y es producto de la imaginación de Coixet).

El reparto consiste en gran parte de buenos actores en papeles pequeños: María Pujalte y Francesc Orella como los padres de Marcela, Manolo Solo como el alcaide, Lluis Homar como el gobernador de Oporto, Sara Casasnovas como la Ana adulta. Pero las protagonistas absolutas son Natalia de Molina (Elisa) y Greta Fernández (Marcela). Si bien el currículo de Natalia es el que más impresiona (premios Goya en 2014 como actriz revelación Vivir es fácil con los ojos cerrados y en 2016 como actriz protagonista Techo y comida, nominada actriz de reparto 2019 Quién te cantará), es Greta (hija de Eduard Fernández; antes del final del año les veremos juntos en La hija de un ladrón) quien ilumina la pantalla. No podía quitar mis ojos de ella. Irradia amor y ternura y sufre con estoicismo hasta el último momento.

Una Marcela inolvidable para una historia de amor imposible en su época. Léan sobre Elisa y Marcela. Mírenlas y admírenlas. Las de verdad y no las del celuloide.

Elisa y Marcela es una producción de Netflix y su distribución para la gran pantalla es limitada. Actualmente está en la cartelera de Madrid.

Diana Shoffstall

La corresponsal. El coraje de una periodista y el miedo de una mujer

La película La corresponsal, dirigida por el reconocido documentalista estadounidense Matthew Heineman (con guión de Arash Amel), está dedicada en cuerpo y alma a Marie Colvin, esa periodista que fuera consagrada en Gran Bretaña por su trabajo para The Sunday Times y que murió en un ataque en Homs, Siria, en 2012 (junto al fotógrafo francés Rémi Ochlik) a los 56 años de edad. Quizás Marie debiera haberse retirado antes de su peligrosa profesión pero si hay algo que nos queda claro es que esta mujer estaba más que obsesionada con las trágicas consecuencias de las guerras para la ciudadanía y el deber, que ella asumía como su misión en vida, de hacer llegar la verdad de las guerras al resto del mundo.

Resultado de imagen de cartel de la película la corresponsalEn La corresponsal seguimos sus pasos en algunos de los escenarios bélicos de los últimos años (ella estuvo en Sierra León, en Kosovo, en Chechenia, …). Mientras cubría la guerra civil en Sri Lanka, perdió el ojo izquierda y desde entonces llevaba un parche para tapar las huellas del destrozo. La Primavera Árabe le llevó a Libia, donde entrevistó a Gadafi, y a Palestina, donde conoció a Arafat, y final y fatalmente llegó a Homs, Siria, de donde no regresaría viva.

Intercalados entre las escenas de bombas, huidas, calles y edificios reducidos a escombros, personas de todas las edades mutiladas y muertas o muriéndose, están los momentos que nos aproximan a la intimidad de Marie Colvin. Fumadora en exceso, bebedora sin mesura -quizás alcohólica- y sumamente triste. En la vida real se casó tres veces. En la película somos partícipes de su dolor ante la imposibilidad de ser madre y también de su fragilidad emocional. Arriesga su integridad física cada vez que va a las frentes de los conflictos, pero se inhibe -insegura- en sus relaciones afectivas. ¿Cuál es la verdadera Marie Colvin? ¿La que es todo coraje ejerciendo su profesión o la que se reniega de su debilidad en su intimidad?

Rosamunde Pike (Gone girl/Perdida, 2014) se transforma en Marie Colvin con todas sus fortalezas y flaquezas. (Su interpretación mereció una nominación en la última edición de los Globos de Oro). Es convincente, con esa voz gravísima, esos pelos rebeldes, con y sin el parche. En el reparto le acompañan Jamie Dornan (La trilogía de Grey, 2015-2017), también convincente en el papel de Paul Conroy, el fotógrafo que era un asiduo partner de los reportajes de Marie -y su amigo- y que se salvó en el ataque que quitó la vida de Marie en Homs. El siempre correcto Stanley Tucci es Tony Shaw, un empresario estadounidense del que Marie se enamora y que a su vez está enamorado de Marie. (Tony Shaw es ficticio, pero en realidad hubo un último enamoramiento en la vida de Marie).

A lo largo de la película el espectador sufre y alguno aparta la vista ante las escenas más violentas que representan la inhumana e indiscriminada crueldad de las guerras. También sentimos una punzada de dolor por Marie pero es un personaje que en última instancia nos es inaccesible. Y he aquí donde quizás falla la película porque casi siempre el drama de la guerra nos es más real que el drama personal de la corresponsal. Y sin embargo, el personaje de Marie Colvin, corresponsal de guerra, es tan víctima como las víctimas objeto de su obsesión y es merecedora de nuestra compasión y nuestra admiración.

Marie Colvin (Nueva York, EEUU 1956 – Homs, Siria 2012). Descanse en paz.

La corresponsal (A private war) llegó a las pantallas de España el pasado día 31 de mayo.

Diana Shoffstall

La ceniza es el blanco más puro. Un título largo para una película larga de color pura ceniza

El cineasta chino de 49 años, Jia Zhang-ke, ha situado esta historia en la ciudad de Datong, de la provincia de Shanxi, la misma provincia en la que nació. Una historia que transcurre entre los años 2001 -cuando Jia Zhang-ke había cumplido 30 años- y 2018 -cuando él se aproximaba a los 50. Las edades que tendría Bin, el protagonista masculino de la película, al comienzo y al final de la película. Y hasta aquí llega el parecido de la vida del director y guionista con la del personaje. Pero sí que es un indicio de la autenticidad de esta película que sigue los pasos de Bin, un gánster de poca monta si se le compara con los de las grandes urbes, pero un líder venerado en su pequeño y mísero mundo, y de su novia Quiao, su seguidora más incondicional. Cuando el vehículo en que viajan es atacado por miembros de una banda rival, Quiao no dudará en coger la pistola de Bin, disparando al aire para detener la agresión. Tampoco dudará frente al tribunal al que es sometida -la sola posesión del arma es un delito- y Quiao afirmará que la pistola es suya. Es condenada a cinco años de prisión por no delatar a Bin y asume su castigo aferrándose en su ciega fe en el amor que le espera cuando es excarcelada.

Pero esta película no se tiñe de color rosa. Bin y Quiao son hijos de su entorno social, económico y político y también del jianghu, ese término que se refiere, en general, a una sub-sociedad paralela a la sociedad principal, y que, en concreto y en el contexto del film, a ese mundo de crimen organizado a pequeña escala que impera en Datong. Un mundillo y cultura jianghu presididos por el Señor Guan, representado por esa estatua que ocupa un lugar preferente en la sala donde se reúnen los secuaces que pululan alrededor de Bin y que simboliza la lealtad y la moralidad de su modo de vivir. Un modo de vivir condicionado por los cambios impuestos a la sociedad por los poderes absolutos del país.

Resultado de imagen de imágenes de la ceniza es el blanco más puroA lo largo de toda la película, esta espectadora no podía dejar de pensar en cómo es la República Popular de China (país al que no he conocido en persona): un país tan extenso, con una importante diversidad geográfica y climática, con una población de miles de millones de personas, decenas de culturas y lenguas y creencias nativas, … La enormidad de todo aquello sobrecoge. Datong, la ciudad de Bin y de Quiao, es provincial pero enorme. Muchos de sus habitantes se han desplazado del campo para trabajar en las minas de carbón y ahora se amenaza con el cierre de las minas y el traslado de los trabajadores a otra región del país. Los edificios, las calles, los interiores, todo es gris, deteriorado, sucio, contaminado, … Pero las gentes bailan en las discotecas al son de una música que ha perdido su vigencia en el occidente, las jóvenes como Quiao visten prendas de colores chillones que imiten la moda de otras latitudes, los hombres fuman y beben sin cesar creyéndose todos los reyes del mambo.

¿Cómo puede sobrevivir el amor en este entorno? Tanto la sociedad china como Bin y Quiao cambiarán entre 2001 y 2018. Los cinco años de separación mientras Quiao esté en la cárcel serán determinantes, pero no menos que los acontecimientos posteriores. Y aunque sobreviva el jianghu, finalmente Bin y Quiao lo interpretará cada uno a su manera. Sus experiencias vitales les han sentenciado.

Jiang Hu Er Nü, el título de la película en chino, quiere decir “hijos e hijas del jianghu“. El jianghu no es pureza y la ceniza es gris. Y esta película es dolorosa -y auténtica- al mostrarnos el lado oscuro de la vida de dos de los hijos e hijas de la China del siglo veintiuno.

La ceniza es el blanco más puro llegó a las pantallas de España el pasado día 31 de mayo.

Diana Shoffstall