Esperando a Godot. Godot no vendrá pero disfrutará el espectador de una magnífica obra del teatro del absurdo

¿Quién no ha oído hablar de Esperando a Godot? Muchos de nosotros seguramente podremos dar pistas sobre esta obra, una de las más representativas del teatro del absurdo, escrita por Samuel Beckett (nacido en Dublín en 1906 y fallecido en 1989 en París), que fue reconocido por sus obras escritas (no solamente teatro, sino también novelas, cuentos, poesía, ensayos, …), siendo merecedor del Premio Nobel de Literatura en 1969. Beckett escribió esta obra a finales de los años 1940, después de la Segunda Guerra Mundial y al comienzo de la Guerra Fría que enfrentaba a los países del Occidente (léase los Estados Unidos y sus aliados) y los del Este (la Unión Soviética y los países de su zona de influencia). Un mundo en transición. Un mundo absurdo. Un mundo en el que muchas cosas no tenían sentido para la mayoría de las personas que vivían bajo un paraguas de fuerzas fuera de su control.

Es magnífica esta Esperando a Godot. Dirigida por Antonio Simón, el elenco es espléndido, y la puesta en escena evocativa. Unos raíles en desuso cerca de una estación de tren. Un solitario y raquítico árbol. Y dos amigos, dos amantes, dos sin techo, mayores ya (su relación dura unos 50 años) se encuentran. Vladimir y Estragon (o Didi y Gogo, como ellos se nombran afectuosamente). Y esperan. Esperan a un personaje que se llama Godot aunque no sabemos quién es Godot ni porque le esperan. Y mientras esperan, Didi y Gogo pasan el rato hablando de sus cosas (de los zapatos de Gogo que son demasiados pequeños, de los problemas de vejiga de Didi) y de la vida, sin ton ni son. La aparición de Pozzo, un hombre aparentemente de bien, junto con su criado-esclavo Lucky, con una cuerda atada a su cuello y llevado por Pozzo como si fuera un perro, romperá la monotonía de sus días y sus discursos. (Lucky, una palabra anglosajona, significa afortunado o suertudo; Beckett escogió este nombre absurdo con esmero). Pero Pozzo y Lucky se van y solamente queda esperar, hasta la aparición de un muchacho que dice tener un mensaje de Godot, que hoy no vendrá, que seguramente vendrá mañana.

Fin del primer acto de los dos de la obra. Agradecemos a Beckett que se limitase a escribir su obra en solamente dos actos, pues el segundo es una repetición del primero. Didi y Gogo se encuentran, esperan, hablan de naderías, especulan. Nuevamente pasarán por el lugar Pozzo y Lucky y, como el día anterior, se irán dejando a Gogo y Didi solos, esperando, hasta que se repite la aparición de un muchacho para anunciar que tampoco vendrá Godot hoy, sin duda lo hará mañana. ¡Qué absurdo es todo!

Y, reitero, ¡qué magnífica es esta obra! Nos encariñamos con Gogo y Didi y quedamos tan perplejos como ellos ante los personajes de Pozzo y Lucky. Beckett ideó su obra como una tragicomedia de la condición humana en ese período histórico de la posguerra. Tanto la tragedia como la comedia son aparentes para el público. La tragedia de vidas que transcurren en un bucle de monotonía y falta de voluntad para cambiar de rumbo. La comicidad de las situaciones y los diálogos absurdos que provocan nuestra risa, algo nerviosa. Quizás deberíamos llorar.

Todos los actores son formidables: Pepe Viyuela (Estragon), Alberto Jiménez (Vladimir), Juan Díaz (Lucky), Fernando Albizú (Pozzo) y Jesús Lavi (el Muchacho). Los primeros cuatro son veteranos del teatro, cine y televisión y Jesús Lavi es un nuevo valor que abre camino con seguridad y talento. Viyuela y Jiménez son los grandes protagonistas y su complicidad es total. Se complementan a la perfección. Uno más alto, otro más bajo. Diferentes pero unidos en sus destinos y su afecto, el uno por el otro. Fernando Albizú es un hombre grande, fuerte. Ignoro si para la caracterización de Pozzo el equipo de vestuario han añadido relleno a su abdomen. En todo caso, su físico (el suyo propio o el aumentado) también juega un papel importante en la obra. En el segundo acto Pozzo es, inexplicablemente, ciego y su caída sobre los raíles y sus retorcimientos para levantarse son épicos. Y, finalmente, Juan Díaz nos ofrece una clase magistral sobre cómo estar en escena sin hablar (con la excepción de unos minutos de verborrea incoherente -absurda- que son aplaudidos por el público).

No pierdan esta Esperando a Godot. Godot seguramente no hará presencia pero disfruten con la de los actores que sí están sobre el escenario y se dan lo mejor de sí para el espectador.

Esperando a Godot se estrenó en el Teatro Bellas Artes de Madrid (Twitter: @TeatroBellasArt) el día 21 de noviembre y estará en cartel hasta el próximo 5 de enero de 2010. Para más información sobre esta obra, así como con respecto de la demás programación de Teatro Bellas Artes, consulten la página web:

https://www.teatrobellasartes.es/

Diana Shoffstall

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